Guadalajara tiene una paradoja que cada vez resulta más difícil ignorar: el corazón de la ciudad sigue concentrando comercio, oficinas, escuelas, transporte, cultura y millones de visitas, pero cada vez son menos las personas que viven ahí.
El fenómeno tiene nombre: despoblamiento y expansión hacia la periferia.
Las cifras del INEGI muestran que el municipio de Guadalajara pasó de 1 millón 650 mil 205 habitantes en 1990 a 1 millón 385 mil 629 en 2020. En tres décadas perdió 264 mil 576 habitantes. Mientras Guadalajara disminuía, municipios como Zapopan y, especialmente, Tlajomulco aumentaban considerablemente su población.
Y el movimiento continúa. Un análisis de los censos señala que, desde 2005, aproximadamente 256 mil personas cambiaron su residencia de Guadalajara hacia otros municipios del Área Metropolitana. Tlajomulco recibió una parte importante de esa población. Esto no quiere decir que todos hayan salido directamente del Centro Histórico, pero sí refleja una tendencia metropolitana: vivir cada vez más lejos de la ciudad central.
En el propio Centro Histórico la pérdida también se observa. De acuerdo con datos de INEGI utilizados en estudios urbanos, la población pasó de 44,097 habitantes en 2010 a 38,478 en 2020, una disminución de 12.8%. Al mismo tiempo, la densidad promedio del Centro Histórico pasó de alrededor de 89 habitantes por hectárea en 2000 a 69 en 2020.
¿Y por qué se va la gente?
Hay varias razones: el encarecimiento de las viviendas y las rentas, la transformación de casas en comercios y oficinas, problemas de seguridad, deterioro de algunos inmuebles y, sobre todo, un modelo de crecimiento urbano que durante décadas llevó la vivienda hacia las orillas de la metrópoli. Estudios sobre Guadalajara también señalan la llamada terciarización del suelo: cuando resulta más rentable utilizar una propiedad para comercio o servicios que para vivienda, el uso habitacional termina desplazándose.
El resultado es una ciudad que puede estar llena durante el día y mucho más vacía por la noche.
Y aquí aparece el gran reto: ¿cómo volvemos a hacer del Centro un lugar para vivir y no solamente un lugar al que se viene a trabajar, comprar o pasear?
El gobierno municipal ya contempla el repoblamiento como una de sus líneas de trabajo. El Programa Especial para el Desarrollo y Acceso a la Vivienda Social plantea investigar las viviendas desocupadas, analizar los precios de renta y vivienda, generar alianzas con propietarios y desarrolladores, incentivar la restauración de inmuebles y promover vivienda asequible en las zonas céntricas. Entre sus metas están reactivar 100 unidades habitacionales y realizar acciones de construcción, restauración o conservación de vivienda patrimonial.
El plan de trabajo del Centro Histórico también plantea vivienda digna y accesible, cooperativas de vivienda, activación cultural y comunitaria, fortalecimiento de barrios tradicionales, mejor movilidad y recuperación del espacio público.
Incluso en 2026 el municipio ha continuado con intervenciones en espacios públicos, barrios y equipamientos, además de impulsar programas de vivienda económica, vivienda media y apoyo para renta de jóvenes que buscan vivir cerca de sus centros de estudio o trabajo.
Pero repoblar el Centro no significa simplemente construir edificios nuevos.
Significa hacer posible que una familia pueda vivir ahí.
Que haya vivienda a precios razonables. Que existan escuelas, mercados, parques, transporte, seguridad, espacios culturales y comercios de proximidad. Que las calles tengan vida después de las ocho de la noche. Que restaurar una antigua finca sea una opción viable y que vivir en un barrio tradicional no sea un lujo.
¿Por qué necesitamos que la gente regrese al Centro?
Porque una ciudad que aprovecha la infraestructura que ya tiene puede reducir desplazamientos, acercar vivienda y empleo, aprovechar mejor sus servicios públicos y recuperar barrios que forman parte de su historia. La expansión descontrolada, en cambio, obliga a construir cada vez más lejos y hace que millones de personas pasen más tiempo trasladándose.
Guadalajara no necesita únicamente crecer.
Necesita volver a habitarse.
El Centro Histórico no está muerto. Sigue teniendo comercio, cultura, transporte, patrimonio y una enorme población flotante. El verdadero desafío es conseguir que una parte de quienes llegan todos los días vuelva a decir: “Aquí también quiero vivir.”
Por Alberto Arreola
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